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Una Revista de la NCYT
GCZ NÚMERO 4 JULIO DE 2026
SALUD MENTAL

¿La muerte como horizonte?
Cartografiando un porvenir posible

“Alguien, en un momento dado, anunció que el futuro había terminado. Sin embargo, el futuro no termina nunca. Lo único que sucede es que ya no somos capaces de imaginarlo.”
— Franco Berardi

Soy licenciada y profesora en psicología, egresada de la UBA. Concursé para entrar a la concurrencia, para ser suplente y luego volví a concursar para el cargo de psicóloga de guardia en el que me desempeño aún hoy. Entré por primera vez al hospital monovalente de salud mental infanto-juvenil en el que trabajo un junio de 2002.

Los estragos de la crisis del 2001 se sentían cerca, en las instituciones en general y en cada consulta. No puede decirse que el sistema de salud gozara de una fortaleza de hierro, ni que las dificultades económicas y las crisis de representación no atravesaran las conflictivas familiares. Silvia Bleichmar comenzaba a teorizar entonces respecto de qué hace a un otro semejante y los modos de agresividad, advirtiendo que cuando se rompen los marcos regulatorios de la sociedad, la agresión deja de ser un conflicto entre pares para transformarse en crueldad y destitución subjetiva. El sufrimiento del otro ya no operaba como límite ético, una huella de que el neoliberalismo estaba inoculando en el tejido social.

Regía una ley de salud mental que daba poder irrestricto a jueces que poco sabían de salud mental y menos de infancias, y que utilizaban ese poder discrecionalmente según su prejuicio se los dictara. Los discursos hegemónicos dejaban poco espacio para lo comunitario y las patologías se entendían como entidades individualizadas. Las infancias y adolescencias llegaban a la guardia presentando ideación e intentos de suicidio en un número bastante menor al actual, pero no era algo desconocido para nosotrxs. Las familias estaban de alguna manera a su lado, y las posibilidades de construir alternativas para sus trayectorias adultas eran escasas y difíciles de imaginar en ese contexto, pero socialmente aún existían.

En 2010 se sancionó la actual Ley de salud mental N° 26.657 y las cosas cambiaron. La interdisciplina comenzó a ser reconocida como un trabajo necesario, las internaciones comenzaron a pensarse como recurso último y las problemáticas de salud mental se visibilizaron como algo mucho más complejo, cuya causa no se reduce a determinaciones orgánicas que principalmente requieran abordajes psicofarmacológicos: las condiciones de producción de padeceres comenzaron a enunciarse y los diagnósticos cerrados dieron paso a hipótesis sostenidas en la perspectiva de derechos humanos. También aparecieron organismos de control para garantizar que los procedimientos se llevaran a cabo como lo indicaba la nueva normativa.

Es verdad que mucho de lo planteado en los artículos no llegó a cumplirse o lo hizo con gran dificultad, pero el texto de la Ley N° 26.657 marca una innegable dirección en detrimento de las lógicas manicomiales (nada privativas del manicomio) en beneficio de abordajes comunitarios, ampliación de políticas de prevención y fortalecimiento de redes en salud. Mucho de lo que allí se plantea es perfectible, por supuesto, pero cuando se sancionó se soñaba con una versión ampliada de la salud mental, una que no moría atrapada en los manuales de diagnóstico. Incluso se llegó a imaginar el cierre de los monovalentes (hospitales especializados en salud mental) de modo progresivo, dando acompañamiento a quienes tuvieran una historia de internación de manera crónica. Pero para que las dinámicas de poder en una sociedad cambien, no alcanza con una ley.

Lo subjetivo

Una familia llega a un hospital, su hija adolescente ha intentado tirarse debajo de un tren. La detuvieron pasajeros que esperaban en el andén. Llamaron a la ambulancia, que la transportó a la guardia. La madre sigue en shock, no entiende, no puede decir ni el número de DNI de su hija. Ella, 16 años, mira segura al frente. Ni un esbozo de angustia, ni una duda.

“Es pequeño, delgado y con mirada desafiante. Lo trae la policía, estaba en la calle, dicen que solo, dicen que intentó robar (?) y agredir (?) Vive en un hogar, al que no lo dejan volver a ingresar sin la evaluación que nos piden. Nos explica cómo funciona todo en las inmediaciones de Constitución, y que sí, que roba celulares o lo que puede, incluso nos advierte: si pasan por ahí, guarde el celular, no se regale. El dinero lo usa para consumir. ¿Y qué? Al menos así no me da hambre.”

Ella llega a la guardia con sus 11 años y una tía que acaba de conocer. La madre fue víctima de femicidio, el padre está preso. Intentó cortarse, aunque no logró más que rasguños. Está pensando cómo mejorar su estrategia. Sabe mejor que nosotros cómo funciona el sistema. Sabe que si denuncia los golpes de su tío, la enviarán a un hogar, donde habrá más personas de las que protegerse “por lo menos a él lo conozco, ya voy entendiendo cómo no hacerlo enojar”.

Él tiene 13 y quiso colgarse. Los padres estaban discutiendo en ese momento, no se acuerdan bien por qué. Tenía preparado todo, se escondió en un galpón donde tienen varios elementos para reparar cosas. El padre está sin trabajo, y grita desaforado que bastante tiene con eso, encima este pibe que le da solo dolores de cabeza. Él nos mira casi con pena, como si no entendiéramos. “Es que no hay nada para mí, ¿no ven?”. La pregunta queda rebotando.

Instituciones rotas para infancias sueltas

En la Argentina actual asistimos a un fenómeno particular. Las tasas de suicidio no solo nos muestran un aumento sostenido en cantidad, sino que evidencian una baja en la edad en la que los primeros intentos comienzan. Las consultas por salud mental proliferan en las guardias de los hospitales de todas partes del país. De acuerdo con datos del Ministerio de Salud de la Nación, un adolescente se suicida por día en Argentina y el suicidio es la segunda causa de muerte de chicas y chicos entre 10 y 19 años. En la Ciudad de Buenos Aires se registraron 596 internaciones de niñas, niños y adolescentes por riesgo suicida, según informa el ministerio público tutelar de la ciudad de Buenos Aires.

Los organismos encargados de cuidarlos no dejan de fracasar; justo ahí, cuando todo parece perdido y no hay otro lugar para estos pibes que andan sueltos, en riesgo constante, aparece la figura del hospital especializado en salud mental: el psiquiátrico. ¿Por qué es un espacio siquiera posible si en la ley vigente se establecía su progresivo cierre? Porque no hay otra cosa; y no sólo desde lo institucional o desde el sistema de salud, sino porque no se han reforzado las redes comunitarias que hubieran hecho ese sueño posible.

Todos los hospitales infanto-juveniles de la Ciudad de Buenos Aires cuentan con equipos interdisciplinarios de salud mental, y algunas camas de internación para situaciones que lo ameriten, como determina la ley aún vigente, pero nada alcanza. Los CeSAC (centros de salud) están desbordados, los hospitales no dan abasto, no hay turnos por meses para situaciones que, al no abordarse, empeoran, requiriendo entonces un abordaje de urgencia cuando podían haber sido tramitadas en dispositivos y abordajes de menor complejidad, de haber tenido turno en tiempo y forma.

Si el sistema de salud dispusiera de los medios necesarios, de los profesionales idóneos y de la infraestructura correspondiente; si las personas pudieran atenderse en el dispositivo correspondiente más cercano a su domicilio, y se trabajara en la comunidad para reconstruir redes de sostén para situaciones conflictivas que exceden mucho el recorte de la salud mental individual, los hospitales especializados en salud mental caerían en desuso por falta de gente que los consulte. Las camas de los sectores de internación terminarían llenándose de polvo ya que el encierro como opción terapéutica se vería reducido a unos pocos casos extremadamente complejos.

El actual proyecto que se presentó desde el oficialismo para modificar la Ley N° 26.657 retrocede en múltiples sentidos. No solo plantea nuevamente enmarcar las problemáticas de salud mental como diagnósticos recortados, apoyados en la biología más pura, sino que atenta contra la interdisciplina y vuelve a pensar las respuestas a las problemáticas de salud mental desde el encierro.

La intencionalidad política puesta al servicio de grandes ganancias colisiona de lleno con sistemas de salud públicos y gratuitos desfinanciados y atacados desde todos los flancos. Pero el problema real va un paso antes, con la legitimación de la violencia en sí misma, con la aceptación de la quita de derechos ganados luego de largas luchas históricas. Las instituciones se tambalean, resquebrajadas.

En estas coordenadas, ¿qué proyecto de futuro podemos ya no ofrecer, sino construir con las adolescencias actuales, considerando que es la etapa vital en la que se formaliza la salida posible del grupo familiar primario? ¿Qué opciones tienen quienes terminan la secundaria? ¿Y quienes no pudieron ni empezarla? ¿Quiénes cuidan hermanos? ¿Quiénes trabajan a la par de sus adultos referentes? ¿Quiénes están en situación de calle? ¿Qué opciones, qué posibilidades les tenemos preparadas a estas personas que hoy transitan su adolescencia? El mundo adulto se quedó sin garantías y, en el proceso, sin credibilidad.

La ruptura del lazo social

El problema respecto a las perspectivas de futuro no es nuevo. Lo plantean autores diversos, con diferentes posturas, desde hace décadas. Miguel Benasayag y Gérard Schmit lo ponen de relieve con particular precisión. Si bien analizan una población concreta, sus conclusiones son pasibles de generalizarse y atravesar los años. Infancias para las que el mundo es una amenaza y adultos desamparados: “las generaciones de las crisis, es decir, los adultos de hoy, no representan a los ojos de sus hijos ni una permanencia, ni una esperanza de futuro. Muy al contrario, encarnan la imagen de generaciones que han fracasado” (Benasayag y Schmit, 2010, p. 34).

“La sociedad ya no está en condiciones de ofrecerle el marco protector y estructurante que esta crisis personal exige.”
— Benasayag y Schmit, 2010, p. 41

Según estos autores, el periodo vital de la adolescencia, que se encuentra marcado por la inestabilidad en tanto búsqueda identitaria exogámica, se ve agravado por la crisis en la cultura: “la sociedad ya no está en condiciones de ofrecerle el marco protector y estructurante que esta crisis personal exige” (Benasayag y Schmit, 2010, p. 41).

Las necesidades han cambiado, así como las formas de relacionarse y la construcción misma del tiempo y el espacio. Nociones básicas colapsan en tanto se enredan en las nuevas formas de producción que avanzan. Nuevas subjetividades enfrentan desafíos diferentes.

Desde esta perspectiva cabe preguntarnos qué condiciones de alteridad ofrecen (ofrecemos) hoy los adultos a las adolescencias. ¿Un semejante capaz de sostener vínculos de cuidado o una extranjeridad vivida como amenaza, que los deja expuestos en tanto incapaces de construir y ser sostén de vínculos de cuidado? ¿Qué les ofrecemos en tanto agentes de un sistema cada vez más precarizado? ¿Qué espacios generamos desde el campo de la salud mental? ¿Y el Estado? ¿Qué rol ocupa en el sostén de políticas públicas que debieran velar por que los derechos de los ciudadanos sean cumplidos?

Cuerpos rotos para instituciones agonizantes

La clínica, los medios, a veces el espejo, no deja de mostrarnos cuerpos exhaustos, intoxicados, solos. No alcanza con leer esas escenas como historias individuales. La promesa contemporánea de una libertad sin lazo nos deja vulnerables, desamparados. Cuerpos saturados y expuestos hasta el no-límite de lo imposible.

En un mundo en el que la violencia es ley, el semejante es enemigo, el trabajo constante y el tiempo un sinfín, los cuerpos se vuelven aún más descartables. Quienes habitan los márgenes; cuerpos rotos que deambulan intoxicados en las calles, con la misma lógica de consumo desmedido que todos los demás, solo que en un eslabón del sistema más débil y vulnerado. Cuerpos que se quiebran por no poder soportar la vida sin una perspectiva de futuro posible e intentan terminar con la suya, adelantar ese horizonte que no existe para que al menos exista en el instante del corte; cuerpos marginales que son encerrados desde pequeños para no enfrentarnos a la pregunta sobre qué sistemas de sostén y acompañamiento brindamos.

En este sistema el psiquiátrico es funcional tanto como las cárceles (recordemos que hace muy poco tiempo se aprobó la baja de imputabilidad para jóvenes desde los 16 años) en tanto organiza aquellos cuerpos que caen fuera de la norma, que no producen, que sobran.

Quienes pertenecemos al sistema de salud, sostenemos con nuestro malestar subjetivo las grietas que no paran de aparecer en las instituciones, somo cuerpos expuestos al burnout. Desfinanciar también es presionar sobre quienes estamos en las trincheras recibiendo los restos del algoritmo.

Las lógicas del mercado dejan a los pueblos cada vez más pobres, a los ricos cada vez más cínicos. En este terreno sombrío, la cultura nos presta sus narrativas apocalípticas que sostienen el discurso hegemónico: no hay futuro, al menos para quien no pueda pagarlo. Pero si, como dice Berardi, lo único que sucede es que ya no somos capaces de imaginarlo, la tarea clínica hoy es estrictamente imaginativa y colectiva. Contra la domesticación de los cuerpos y el cinismo del mercado, el desafío sigue siendo el mismo que teorizaba Silvia Bleichmar en 2002: producir subjetividad, fundar la categoría del otro como un semejante y negarnos a aceptar que la crueldad sea la única coordenada posible para las juventudes.

A las guardias de los hospitales llegan las explosiones de los padeceres, pero hay otra cara del asunto. Si nos animamos a escuchar en serio, nos llegan de algunas escuelas tomadas los gritos de lxs estudiantes que luchan por su derecho a la educación. En las marchas lxs vemos avanzar saltando y cantando, sumándose a querer frenar los abusos del poder frente a otros colectivos. Organizan centros de estudiantes, ollas populares en los barrios, bailes a beneficio y miles de acciones que pasan desapercibidas por el algoritmo, pero que están ahí, construyendo otras versiones posibles de humanidad. Prestemos atención, abramos camino. El horizonte no está cerrado; está en disputa.


Referencias

  • Benasayag, M., & Schmit, G. (2010). Las pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social. Siglo XXI.
  • Berardi, F. (2014). Después del futuro. Desde el futurismo al cyberpunk. El agotamiento de la modernidad. Enclave de Libros.
  • Bleichmar, S. (2002). Dolor país. Libros del Zorzal.
  • Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Topía.
  • Bleichmar, S. (2008). La construcción de legalidades como principio educativo. Ministerio de Educación de la Nación.
  • Ministerio de Salud de la Nación. (2023). Estadísticas vitales. Información básica.
  • Ministerio Público Tutelar de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. (2023). “Internaciones por riesgo suicida de niñas, niños y adolescentes” - Estudio descriptivo de las notificaciones recibidas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante el año 2023.
  • República Argentina. (2010). Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657.
  • Wikinski, M. (2025). Trauma y tiempo. El oficio de analista en tres generaciones. La Cebra.