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Una Revista de la NCYT
GCZ NÚMERO 3 JUNIO DE 2026
CIENCIA DIGNA

Pararse en la dignidad: las madres de Ituzaingó Anexo y su impronta en la génesis de la ciencia digna

“Y si la ciencia no proporciona suficiente evidencia, igualmente la gente siente que algo pasa, porque cada vez hay más muertes y malformaciones en paralelo a la expansión de los monocultivos. Ninguna prueba de laboratorio puede arrogarse mayor autoridad respecto a los datos concretos de la realidad.”
— Andrés Carrasco

Suelo contar que Pararse en la dignidad nació de mi admiración a un puñado de mujeres —amas de casa ellas, sin formación académica ni militante—, vecinas de un olvidado barrio cordobés, que, en medio del desamparo y la desesperación, o mejor dicho, movidas por un pujante dolor en común, salieron a enfrentar el modelo del agro-negocio. El sistema agrícola basado en el monocultivo no solo evidenciaba la falacia de que acabaría con el hambre en el mundo sino que, tras tres décadas de haber sido implementado, dejaba como certeza un abanico de drásticas consecuencias para el campo; el desplazamiento forzado de las comunidades originarias de tierras que fueron destinadas a la plantación de cultivos genéticamente modificados (OGM), esto es, el corrimiento de la frontera agropecuaria; la concentración de la riqueza en unos pocos pools de siembra en desmedro del campesinado que trabaja la tierra y el colapso sanitario y ambiental no solo de los territorios en disputa sino de las poblaciones aledañas a dichos cultivos, ya fueran barrios semiurbanos o escuelas rurales, son algunas de las postales de un contexto desolador.

A poco de iniciado el proceso de la investigación sobre el recorrido de lucha de las Madres de Ituzaingó Anexo (IA) línea fundadora, consideré profundizar un poco más en dos aristas que, a mi parecer, convergían y confluían en ese camino transitado: por un lado la batalla jurídica que las mujeres debieron dar (acompañadas por un abogado que se involucró en el ejercicio del derecho ambiental y el férreo pedido de justicia y no dudó en meter los pies en el lodo) y por otra parte, el rol de la ciencia a partir de la irrupción de la emblemática figura del embriólogo Andrés Carrasco, autor del estudio que confirmó la toxicidad del glifosato, herbicida pilar del modelo de monocultivo. Elaborado en el Laboratorio de Embriología de la facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) el análisis a partir del cual comprobó la letalidad del glifosato en dosis mil quinientas veces inferiores a las usadas en las fumigaciones en los campos, actuó como punta de lanza de múltiples análisis e investigaciones destinados a visibilizar los efectos nocivos del uso extendido de herbicidas, pesticidas, funguicidas y toda una batería de productos químicos altamente contaminantes (algunos de ellos cancerígenos, como el 2-4D, formado a raíz de uno de los componentes del agente naranja que los norteamericanos lanzaron sobre Vietnam). Desarrollado en embriones anfibios, el análisis de Carrasco marcó, ciertamente, un quiebre al determinar que “concentraciones ínfimas de glifosato, respecto de las usadas en la agricultura, son capaces de producir efectos negativos en la morfología del embrión, sugiriendo la posibilidad de que se estén interfiriendo mecanismos normales del desarrollo embrionario”. Si bien lo precedían algunos trabajos en el resto del mundo, la comprobación empírica del investigador y su equipo resultó el disparador de una discusión necesaria sobre el rol de la ciencia y la técnica respecto a su posicionamiento frente al uso de sustancias cuya aplicación, a priori, debía seguir siendo estudiada.

“La figura de Andrés representaría un antes y un después indeleble en la comunidad científica, una voz inicialmente solitaria que desnudó no sólo las consecuencias sanitarias en las poblaciones rociadas con químicos aprobados y avalados por el Estado, sino que irrumpió la monotonía de gran parte de la academia tecno cientificista.”

La figura de Andrés representaría un antes y un después indeleble en la comunidad científica, una voz inicialmente solitaria que desnudó no sólo las consecuencias sanitarias en las poblaciones rociadas con químicos aprobados y avalados por el Estado, sino que irrumpió la monotonía de gran parte de la academia tecno cientificista, acostumbrada a continuar los lineamientos prefijados por y para beneficio de las multinacionales, en desmedro de las poblaciones afectadas. Fue puente, bisagra pero fundamentalmente, semilla. Y a raíz de su legado, se conmemora cada 16 de junio (aniversario de su natalicio) el día de la Ciencia Digna.

En 2011, a raíz de una amplia cobertura sobre el uso del glifosato en los costados del ferrocarril que une la ciudad de La Plata con Buenos Aires, CABA, entrevisté a Carrasco para la revista La Pulseada y entre otras definiciones, planteó: “El problema con los químicos es que los modos de producción que conllevan estas formas de explotar la naturaleza no solamente requieren de un paquete tecnológico, requieren uno que se renueve sobre sí mismo porque los paquetes tecnológicos se desgastan y terminan siendo cada vez más ineficaces. Cada vez se van a necesitar más fertilizantes, con la consecuente contaminación. Me parece perverso que la comunidad científica asegure que con la manipulación genética nada malo puede pasar. Es un sistema complejo, nadie puede asegurar que nada puede pasar. Está mal que se diga que es un adelanto de la ciencia y la tecnología. Hoy puede parecer un adelanto y si mañana descubrimos que no lo es, ¿dónde van a estar esos científicos y tecnólogos moleculares que trabajan en las universidades o en las empresas y que dicen que todo está bien? No sería la primera vez que accidentes biológicos de magnitud crean serios problemas a la humanidad”.

Esa apertura también quedó enmarcada en su decisión de viajar a barrio Ituzaingó Anexo, golpear la puerta de la casa donde vivía Sofía Gatica, emblema del colectivo y presentarse: “señoras, tienen razón; soy científico del CONICET y he comprobado en laboratorio lo que ustedes vienen denunciando”. La apuesta de una ciencia al servicio de los pueblos y no de las corporaciones marcó un hito y una ventana de esperanza para aquellas madres que venían siendo tildadas de locas, bastardeadas, censuradas y hasta reprimidas. Junto a muchas otras comunidades afectadas por los diversos extractivismos, las madres cordobesas de IA marcaron, a su vez, una impronta en el devenir de la ciencia digna, en su génesis, formación y desarrollo. Andrés solía repetir que su inspiración habían sido, precisamente aquellas mujeres que trasmutaron el dolor en voluntad y parieron lucha en la historia reciente de nuestro país y que, alentado por ellas, decidió transitar el camino de la denuncia, o al menos el de la advertencia científica.

“Con elevados índices de leucemias, malformaciones y cáncer muy por encima de la media nacional, Ituzaingó Anexo pasó a ser el barrio más estudiado y se fueron multiplicando las vías de abordaje a la problemática de contaminación a partir de estudios, análisis, pruebas e investigaciones desde distintas ramas de la ciencia.”

Con elevados índices de leucemias, malformaciones y cáncer muy por encima de la media nacional, Ituzaingó Anexo pasó a ser el barrio más estudiado y se fueron multiplicando las vías de abordaje a la problemática de contaminación a partir de estudios, análisis, pruebas e investigaciones desde distintas ramas de la ciencia. Por Ituzaingó Anexo pasaron médicos, enfermeros, epidemiólogos, sanitaristas y trabajadores sociales. Prontamente, las postales cotidianas de niños con barbijo y madres con sus calvicies tapadas con pañuelos comenzaron a replicarse en cada territorio fumigado y allí también la academia dijo presente. Una amalgama de mujeres y hombres de la ciencia alzó su voz en nombre de los territorios sacrificados, brindándoles a las víctimas de contaminación ambiental categorías de análisis y herramientas elaboradas a partir de la investigación, como por ejemplo, la cifra de 1.095 metros de distancia para las fumigaciones terrestres estipulada por la genetista Delia Aiassa, sobre la que falló la Corte Suprema en 2003, prohibiendo las pulverizaciones en Pergamino, núcleo duro del agro-negocio.

Y en esta instancia, una lista que no intenta ser en absoluto exhaustiva sino reconocimiento a quienes continúan el legado de compromiso ético de Andrés, que puede graficarse en los aportes inconmensurables de Damián Marino, Damián Verzeñassi, Medardo Ávila Vázquez, María del Carmen Seveso, Horacio Lucero, Guillermo Folguera, Paula Blois, Rafael Lajmanovich, Javier Souza, Virginia Aparicio y tantos más que ilustran una Ciencia no permeable a los intereses de las corporaciones. Al decir del biólogo y filósofo Folguera, autor del prólogo del libro, se trata de hacer ciencia “no para la memoria de una ciencia que ya no está, ni para una ciencia en abstracto sino para beneficio de aquellos que luchan por una naturaleza menos degradada y una menor inequidad social”.

Referencias bibliográficas
Carrasco, A. (2010). Glyphosate-based herbicides produce teratogenic effects on vertebrates by impairing retinoic acid signaling. Chemical Research in Toxicology, 23(10), 1586-1595.
Folguera, G. (2024). Prólogo a Pararse en la dignidad. Centro de Formación Profesional N° 24.
Gatica, S. (2021). Madres de Ituzaingó Anexo: la lucha continúa. Editorial Universitaria de Córdoba.
Iparraguirre, M. S. (2024). Pararse en la dignidad: la lucha de las madres de Ituzaingó Anexo contra los agrotóxicos, en defensa de la vida. Centro de Formación Profesional N° 24.
Verzeñassi, D. & Marino, D. (2019). Salud colectiva y agronegocios. Universidad Nacional de Rosario.