La referencia a Marx resulta pertinente no porque el autor estuviera describiendo específicamente experiencias cooperativas, sino porque permite pensar una dimensión central del trabajo colectivo: la cooperación produce una fuerza social que excede las capacidades individuales. El desafío cooperativo radica, precisamente, en que esa fuerza colectiva no quede subordinada a la lógica de acumulación del capital, sino que sea organizada por quienes participan del proceso productivo.
En un contexto global en el que predominan los modelos de producción capitalistas, las cooperativas se destacan como alternativas organizativas con un enfoque profundamente humano y social. Comprender en profundidad cómo las cooperativas construyen y mantienen su identidad resulta clave para fortalecer su capacidad de resistir y adaptarse en un entorno económico cada vez más desafiante.
En este sentido, el cooperativismo no constituye únicamente una modalidad alternativa de organización económica, sino también una forma particular de construir relaciones laborales e identidades colectivas. Frente a un contexto donde el trabajo tiende a organizarse desde lógicas de competencia, individualización y maximización del beneficio, los desafíos de la experiencia cooperativa permiten pensar cómo la construcción de un "nosotros" puede funcionar como una forma de resistencia.
Orígenes del cooperativismo
El cooperativismo surge como respuesta a la necesidad de una nueva forma de organización del trabajo, alternativa a la empresa capitalista. Sus orígenes se remontan a 1844, cuando los "Pioneros de Rochdale" redactaron los primeros estatutos cooperativos en Inglaterra, con el objetivo de conciliar la democracia y el desarrollo económico para contrarrestar los efectos dañinos del capitalismo (Richer, 1999). En este contexto, las cooperativas surgen como una alternativa frente a las crisis sociales emergentes que no sólo ofrece una salida a sus asociados, sino que también atiende a las necesidades de las comunidades que las rodean (Gómez Cabranes, 2000).
La cooperativa combina dos estructuras: una asociativa, que opera bajo normas democráticas, y otra empresarial, que se rige por las reglas establecidas por la asociación de sus miembros (Richer, 1999). Estas reglas, definidas por la Alianza Cooperativa Internacional (1996) como principios y valores, actúan como guías de conducta para mantener la identidad cooperativa. Según esta declaración, los siete principios que caracterizan a las cooperativas son: adhesión voluntaria, gestión democrática, participación económica de los socios, autonomía e independencia, educación, cooperación entre cooperativas y compromiso con la comunidad. Además, se fundamentan en los valores de ayuda mutua, responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad (Martínez Charterina, 2015).
PRINCIPIOS DEL COOPERATIVISMO
✅ Adhesión voluntaria y abierta
✅ Gestión democrática por parte de los socios
✅ Participación económica de los socios
✅ Autonomía e independencia
✅ Educación, formación e información
✅ Cooperación entre cooperativas
✅ Compromiso con la comunidad
El cooperativismo se diferencia del modelo empresarial capitalista, ya que este último prioriza la maximización de las ganancias. Mientras que las empresas capitalistas maximizan la productividad del trabajo asalariado, aunque esto genere desempleo, las cooperativas, se centran en la provisión de bienes y servicios para satisfacer las necesidades de quienes la componen, con una perspectiva de reproducción que no se centra en el capital, sino en la calidad de vida antes que la cantidad de posesiones (Coraggio, 2007).
Dada la singularidad de su estructura, es probable que estas organizaciones generen formas identitarias propias que las diferencien de otros tipos de entidades. Sin embargo, en el contexto actual, marcado por el avance del neoliberalismo económico y la intensificación de la competencia en los mercados, estas organizaciones enfrentan el desafío de sostener su funcionamiento sin abandonar los valores y principios que constituyen su identidad cooperativa (Ajates, 2020; Etxeberría, 2020).
La identidad obrera cooperativista
El trabajo cooperativo genera un sentido de grupo entre los asociados que lleva a la construcción de una identidad colectiva en común. Una de las dimensiones fundamentales que caracteriza a la identidad colectiva es la toma de conciencia de que la situación del grupo no es inherente a las relaciones de poder que existen en un contexto político específico, lo que hace emerger una identidad activa que desafía la estructura de poder social y busca alternativas y salidas para el grupo (Sabucedo et al., 2010). En este sentido, la cooperativa no sólo organiza una actividad económica, sino que produce un espacio donde los asociados pueden reconocerse como parte de un grupo con objetivos, valores y una historia compartida. Esta construcción identitaria implica el pasaje de una posición individual hacia una comprensión grupal de las experiencias, problemas y posibilidades de acción, y de la capacidad del grupo para intervenir sobre su propia realidad.
Asimismo, la identidad cooperativa se vincula con el sentimiento de pertenencia que los asociados desarrollan en relación con los demás miembros del grupo. Cuanto más fuerte es la identificación de los miembros con la organización (mediada en algunos casos por los años de pertenencia a la cooperativa, las metas compartidas, una larga historia dentro de la organización, entre otras), más fuerte es su conexión con la identidad colectiva. En las cooperativas se cultiva y desarrolla un tipo de identidad ligada a dos componentes: el obrero y el cooperativista. En el caso puntual de la "identidad obrera", esta implica una valoración positiva del trabajo humano y la dignificación del ser trabajador, con un contenido popular que refuerza la construcción de una identidad colectiva fuerte y genera mayor adhesión al trabajo en grupo (Herrera, 2022).
La crisis identitaria cooperativa
La "crisis identitaria" que atraviesan las cooperativas en la actualidad parte, desde la perspectiva de algunos autores, del supuesto de que no poseen las características necesarias para ser consideradas competitivas en el sistema globalizado actual. Esto se debe a que no funcionan con fines de lucro, no operan mediante acciones y son más locales que globales. Los autores coinciden en que, mientras avanza la globalización, los mercados se vuelven más competitivos, lo que convierte en un desafío para las cooperativas subsistir sin perder los valores y principios que conforman su identidad. Por ejemplo, se plantea la dificultad de producir para un mercado capitalista y, a su vez, generar alternativas para promover la inclusión social de sus asociados y de la comunidad que las rodea. Al enfocarse en su aspecto económico, las cooperativas adoptarían una estructura más corporativa, lo que se traduce en un descuido de la cooperación (Muciño, 2017; Iyer et al., 2021; Díaz et al., 2017; Ajates, 2020; Etxeberría, 2020).
La crisis identitaria cooperativa no debe entenderse únicamente como una pérdida de los principios y valores establecidos, sino como una tensión constitutiva entre dos racionalidades: una orientada por la lógica del mercado y otra basada en la cooperación y la reproducción de la vida colectiva. En otras palabras, la crisis no aparece porque las cooperativas hayan abandonado su identidad, sino porque deben recrearla permanentemente en un contexto que presiona hacia formas organizativas basadas en la competencia y la individualización.
Posibles salidas a la crisis
La literatura revisada propone diferentes caminos frente a la crisis identitaria que atraviesan las cooperativas. Por un lado, algunos autores plantean que la salida implica una "modernización", es decir, una revisión crítica de los principios que conforman la identidad cooperativa para resignificarlos en función de los desafíos actuales, garantizando, de esta manera, su continuidad en un contexto marcado por la globalización y la creciente competencia económica (Guilarte Barinaga y Chávez Maza, 2023). Por otro lado, se propone que el desafío consiste en demostrar que las cooperativas, a través de su actividad económica, pueden generar un valor diferencial respecto de las empresas capitalistas, vinculado no sólo con sus resultados productivos, sino también con los beneficios sociales y comunitarios que producen para sus asociados (Prieto, 2014). Desde esta perspectiva, la fortaleza de las cooperativas no debería buscarse en la adopción de lógicas propias de las empresas capitalistas, sino precisamente en aquellos elementos que las distinguen.
En relación a esto último, la crisis identitaria cooperativa no puede entenderse únicamente como una dificultad de adaptación, sino como una tensión permanente entre dos formas diferentes de organizar el trabajo: una orientada por la competencia y la acumulación de capital, y otra basada en la cooperación y la construcción de un proyecto colectivo. En este sentido, la salida no debería buscarse en la incorporación progresiva de lógicas propias de las empresas capitalistas, sino en la recuperación y fortalecimiento de aquellos elementos que constituyen su especificidad: la solidaridad, la participación democrática, la autogestión y la centralidad de las necesidades de sus miembros. Estas características no representan obstáculos para su desarrollo, sino justamente las herramientas que permiten sostener una forma alternativa de organizar el trabajo.
Sin embargo, el desafío excede la capacidad de cada cooperativa en particular. Frente a un contexto económico y político que profundiza la competencia, la individualización y la subordinación del trabajo a la lógica del capital, la construcción de una alternativa requiere fortalecer los lazos al interior del movimiento cooperativo en su conjunto. La identidad cooperativa no puede sostenerse únicamente como una práctica interna de cada organización, sino como un proyecto colectivo capaz de disputar las condiciones sociales que determinan su existencia. De este modo, podría pensarse que su desafío no consiste solamente en sobrevivir dentro de un contexto adverso, sino en sostener la construcción de una identidad que permita pensar otras formas posibles de organización económica y laboral. La cooperación, entonces, no aparece únicamente como una estrategia de gestión, sino como una práctica social y política orientada a construir vínculos basados en lo común frente a las tendencias individualizantes del capitalismo.
Referencias
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