Eran mujeres escritoras, eran mujeres trabajadoras. Fueron mujeres acechadas, violadas, mutiladas. Fueron hijas y madres, y también fueron sus hijos: los que fueron a la guerra, los desaparecidos, los que aún reviven en carteles, en los libros y en las canciones. Así, Patricia Toni nos trae Palabras vivas, un homenaje a las escritoras que con coraje siguieron escribiendo en la época más oscura de la historia moderna de nuestro país. Un texto basado en la recopilación e investigación de Agustina Catalano, becaria del CONICET, quien ha recuperado las voces de Ana María Ponce, Rosa María Pargas, Mónica Morán, Luisa Córica y tantas otras que escribieron desde el encierro, la clandestinidad y la resistencia:
Patricia Toni es una escritora independiente y activista social y cultural que nos permite reconocernos en diferentes personajes cotidianos del conurbano bonaerense y en las situaciones y dilemas que los mismos atraviesan. Es autora de dos libros “El milagro inconcluso y otros cuentos” y “La mala magia y otros textos” además de participante de múltiples antologías. En su rol social, se desempeña como miembro de la comisión directiva de la Biblioteca Social y Popular Libertador San Martín de Lanús Este en la que además dicta talleres literarios y de escritura para adultos jóvenes y adultos mayores.
En su libro Mala Magia y otros cuentos, Patricia Toni nos ofrece poesías, relatos breves y cuentos con perspectiva de género y conciencia social que, aunque no parecen seguir un orden cronológico histórico, retratan con precisión lo atemporal del sufrimiento de la clase trabajadora. En Poesía a gritos III, nos muestra la otra cara de la historia no elegida por quienes no tienen la manija del poder:
Y yo solo quería ser un joven, trabajador o estudiante,
un joven con sueños y proyectos,
un joven con la vida por delante.
Me condenaron a ser ex combatiente,
no pude decidirlo, me obligaron.
No conocía a la muerte y, sin embargo
me la presentaron.
La guerra fue una excusa asquerosa y tremenda,
nosotros, las ofrendas del poder más nefasto.
Nos entregaron, nos escondieron, Nos utilizaron.
Las islas siguen cautivas de un imperialismo alerta
Saben que son argentinas, que hay sangre nuestra en sus piedras.
Algo o mucho de mí, quedó en Malvinas,
algo, o mucho de mí, de mis hermanos
aún espera que el viento helado de las islas nos arranque este llanto.
Me condenaron a ser un héroe de esta patria sangrante
Y yo sólo quería ser un joven,
un joven con la vida por delante.
Agostina, Tehuel, Luciano Arruga, Santiago Maldonado, Lucía, María del Carmen Sosa, Luisa Córica, Alicia Eguren, Mónica Morán, Lucina Álvarez, Susana Pirí Lugones, Ana María Ponce, María Rosa Pargas y tantos otros que nos arrebatan de las manos:
que la memoria la guarden los sangrantes,
que el dolor lo sientan solamente
los que tienen cicatrices imborrables.
Duele tanto saber que el "Nunca más"
se transforma de pronto en "Otra vez".
Y que sea tan fácil todavía
sospechar de las víctimas, enjuiciar, ofender.
Duele tanto escuchar las frases hechas:
si fue golpeado, por algo habrá sido,
¡Quién lo manda a meterse en esas cosas!
O algo habrá hecho un desaparecido.
Como un círculo siniestro que jamás se cierra,
se repiten las guerras, las hambrunas,
los viejos olvidados para siempre,
los niños y su muerte prematura.
Es como si la humanidad nunca aprendiera
que los poderosos ejercen el poder sin corazón,
que juzgándonos los unos a los otros
le allanamos el camino al opresor.
Tuvo que haber servido aquel terror,
la valentía de unas madres en la plaza,
la decisión de poner fin a la tortura
y el arrepentimiento de los que no supieron decir basta.
Si la memoria no protege a nuestro pueblo,
si no atormenta a los canallas,
puede que se repita eternamente un Maldonado, mientras tu voz se calla.
Patricia es una de las tantas mujeres que silenciosa, aunque incansablemente, sostienen la cultura en los barrios, resistiendo los embates del desfinanciamiento de todos los gobiernos y construyendo espacios colectivos para la reflexión, el debate, el arte y el esparcimiento. En cada poesía y en cada cuento, nos trae las voces de cada hija que duele, y retoma la palabra como hacemos en cada ronda, en cada asamblea:
falta tanto por cambiar todavía…
Cambia sí, la forma de matar,
el arma utilizada, un puñal, un revólver,
cambian las manos asesinas.
Cambian las palabras hirientes y el destrato.
Cambian los nombres de las victimas día a día.
Cambia el lugar de los ataques,
cambian las carátulas infames,
cambian todo el tiempo los debates.
Cambia el NI UNA MENOS, por dos más,
por tres más, por muchas, muchas más.
Lo que no cambia nunca es el asecho y el miedo.
Aunque nos acompañemos,
aunque nos sepamos por fin empoderadas
sigue siendo difícil que nos crean.
Pero esta pelea ancestral no nos asusta
porque las grandes victorias nos asisten,
fueron solo catorce las primeras madres
que enfrentaron al demonio en sus dominios,
y después fueron veinte y después fueron cientos.
Cientos de madres con pañuelos blancos
levantando la voz en el silencio.
Hubo sangre también y hubo condena social injusta y despiadada,
sólo porque eran mujeres las que hablaban,
las locas que giraban en la plaza.
Y se llevaron a azucena, a Esther, a María Eugenia,
pero las otras siguieron con las marchas.
Simples mujeres, subestimadas mujeres.
¿Qué nos pueden hacer? amas de casa.
Y, sin embargo, algo cambió y cambió enserio.
Salieron las abuelas a buscar a los nietos,
¡Imposible! pensaron los demonios.
¡Y apareció el primero! Un trabajo de hormigas, de pasitos chiquitos y amor grande,
con el miedo casi siempre de invitado, pero la mano alzada,
y hoy ya son ciento cuarenta nietos/nietas encontradas.
Entonces, algo cambió y cambió enserio.
Esta lucha de hoy no es tan distinta a la lucha de siempre,
Se encuadra en otro tiempo de la historia y es otra vez un trabajo de hormigas.
Hormigas que insistimos en la lucha, reclamando justicia e igualdad de derechos.
El tiempo es importante porque se cobra vidas,
pero, aunque lleve años La mujer no claudica.
Y en la gran utopía que siempre aviva el fuego de las revoluciones
Imagino que un día podremos afirmar, todas juntas y ni una menos,
que algo cambió otra vez y ¡cambió enserio!
Porque sabemos que unidas podemos ahuyentar la mala magia, prender la hoguera y quemar el dolor. Este hermoso libro nos recuerda heridas que no cierran, pero también nos recuerda que sólo articulando nuestra voz seremos escuchadas.