Los sindicatos protegieron el trabajo de José.
Los colectivos socioambientales cuidaron el agua que bebe José.
Los organismos de derechos humanos defendieron a José.
Otras tantas organizaciones pensaron en cómo ayudar a José.
Pero José es una sola persona.
Este texto está escrito con dos premisas y una aclaración.
La primera premisa: la construcción política global y la de nuestro país requiere ser revisada a fin de caminar hacia una verdadera transformación de nuestras condiciones de vida. O, dicho de otro modo, si seguimos así, son pocas las opciones que tendremos de vivir dignamente en este momento crítico del país y del mundo.
La segunda premisa: la estrategia de fragmentación sectorial y territorial como forma de reclamo, organización, reivindicación y acción política está mostrando sus límites y por ende también requiere ser revisada. Esto no significa que no haya excepciones particulares, tampoco que carezca de virtudes en términos de resistencia y organización. De todas formas, hoy la fragmentación como estrategia general es uno de los motivos de nuestra impotencia.
La aclaración: Este texto no fue escrito en el aire. Con esto quiero decir que no es una teorización elaborada desde un escritorio. Por el contrario, escribo siendo parte del movimiento socioambiental desde hace más de dos décadas. Un movimiento que ha tenido diferentes experiencias, construcciones y resultados diversos, pero que ha ofrecido una enorme resistencia ante los proyectos que el poder concentrado despliega en los territorios, lo que se suele entender en términos generales como extractivismo. Quizás alguien tenga razones para dudar de que exista tal cosa como un "movimiento socioambiental", pero no es ahí en donde quiero detenerme en este pequeño texto. El foco lo quiero poner en qué características tiene la fragmentación sectorial y territorial como estrategia política y qué significa el desafío de repensarla para poder actuar en otra dirección.
Por supuesto que la fragmentación sectorial no es total. Me refiero, son muchas las instancias de problemas comunes que conllevan a articular entre sectores y organizaciones que forman parte, por ejemplo, del movimiento feminista, organismos de derechos humanos o pueblos originarios. También, aunque con menos frecuencia, se ha hecho con el movimiento de trabajadores y trabajadoras. Pero más allá de estos problemas comunes y de honrosas excepciones, la sola mención a la necesidad de articular refiere a lo externo. Se articulan cuerpos que están separados. Cada fragmento es externo del otro. Y así, por más que, en términos individuales o incluso del grupo específico, se compartan sentires y objetivos con otros sectores y territorios, somos diferentes fragmentos de sectores y territorios distantes entre sí.
Esta fragmentación sectorial y territorial, tiene características muy valiosas asociadas. Por ejemplo, la virtud del activismo, capaz de enfrentar en reiteradas situaciones escenarios adversos o reivindicaciones urgentes. Son numerosos los casos y con impactantes resultados dentro del movimiento socioambiental, tal como la victoria frente a las Corporaciones mineras de las comunidades de Esquel en Chubut y Famatina en La Rioja (con estrategias diferentes). La fragmentación también presenta otra virtud clave, lograr un anclaje territorial en gran parte de los casos. Son movimientos que suelen tener los pies en los territorios. Muy significativo en épocas de redes sociales, dependencias virtuales y fantasías globales.
Sin embargo, como toda estrategia, la fragmentación sectorial y territorial también tuvo límites y contradicciones. Mencionemos brevemente tres de ellos:
i. Una actitud con tendencia a la defensiva. Esto es, la acción se realiza principalmente frente al daño, el ataque o la amenaza. En el caso del movimiento socioambiental, la mayor parte de las acciones que realizamos tiene que ver con frenar al avance extractivista. El extractivismo, ese conjunto de megaproyectos de Corporaciones para extraer y exportar commodities tales como soja, trigo, maíz, carne, gas, petróleo, celulosa, merluza, calamar, oro, plata, cobre, litio al mercado global con consecuencias sociales, ambientales y sanitarias dramáticas para las comunidades y los territorios. Una vez más se presentan excepciones como la agroecología, que es propositiva y que no se circunscribe al ámbito de la reacción y denuncia. Sin embargo, en términos generales y sobre todo en las últimas décadas, el movimiento socioambiental no ha dejado de correr detrás del plan del poder concentrado. Y que se comprenda: no se trata de elegir entre una u otra, sino de reconocer las dificultades de avanzar con alternativas cuando no se logra frenar la destrucción en las condiciones de vida.
ii. La estrategia por sectores y territorios exacerbó las coincidencias y privilegió la homogeneidad dentro de la organización política. Por supuesto que la diversidad y heterogeneidad social es inevitable cuando nos referimos a procesos políticos de construcción. Más aún, cuando es la comunidad el principal actor de transformación política que dentro del movimiento socioambiental. Pero, aun así, la fragmentación sectorial y territorial ha hecho de la diversidad un problema a disminuir y atenuar, pero no propiamente de ser resuelta.
iii. Un anclaje local o regional. Ya he mencionado este aspecto en términos positivos dentro de muchos de los fragmentos en los cuales el anclaje local logra iluminar aspectos territoriales. Sin embargo, hay un problema asociado: qué sucede cuando hay que conectar con problemáticas más generales, de carácter regional. O los casos que necesariamente involucran más de un país, tal como la Puna compartida por Argentina, Chile y Bolivia. De hecho, suelen aparecer serios problemas cuando, por ejemplo, un grupo de personas decide cuidar o incluso explotar el territorio que habita y no es considerado el impacto o el daño que esto produce en la comunidad vecina. Una práctica individualista que reproduce lo que se dice combatir, pero que, además tiene sustento en los discursos que enfatizan la salvación individual. Lo cierto es que más temprano o más tarde terminará invadiéndonos el problema.
No quiero ni puedo hacer aquí un análisis histórico de por qué se asumió la estrategia política de la fragmentación entre sectores. Son varias las causas y obligaría necesariamente a un análisis cuidadoso. Solo deseo poner el acento en que la separación entre los derechos humanos, los derechos laborales, la salud ambiental, la sanidad, los pueblos originarios, los estudiantes, es una separación conceptual, abstracta y hasta simbólica, pero que no responde en ningún sentido a la vida cotidiana. En la vida todo es uno, integrado y no exento de tensiones y contradicciones. Veamos algunos ejemplos.
Dock Sud: trabajadores y trabajadoras de Shell denuncian que la empresa viola sus derechos laborales a la vez que contamina el barrio en donde viven con sus familias, a partir del proceso industrial de elaboración de carbón de coque. Ese carbón va luego a otros destinos, por ejemplo, llega hasta Aluar, la monumental fábrica de aluminio que desde las últimas dictaduras militares contamina en Chubut. A la vez, Shell es una de las empresas que más contribuye a la crisis climática global por la emisión de gases de efecto invernadero.
Córdoba: la Reserva La Calera intenta ser destruida por el gobierno de Córdoba para realizar proyectos inmobiliarios dirigidos a sectores adinerados que se han visto beneficiados, entre otros asuntos, por los agronegocios. La Reserva se encuentra a poca distancia de La Perla, uno de los centros de tortura, detención y desaparición más grandes del país. Proyectos de extractivismo inmobiliario que amenazan con destruir, a la vez, una reserva natural única y centros fundamentales de memoria e historia de nuestro pueblo.
Santa Fe: la Universidad Nacional del Litoral, el CONICET y la corporación Bioceres desarrollaron el trigo HB4, que fue aprobado en el año 2020. Este transgénico está asociado al glufosinato de amonio (un herbicida de alta toxicidad) y con una tecnología que favorece el desmonte para poder cultivar en tierras del alto stress hídrico. La comunidad científica, acogotada por las pocas inversiones y subsidios, abraza los proyectos de las corporaciones. En paralelo, son pocos los proyectos científicos dirigidos a la detección de daños ambientales, sociales y sanitarios que se aprueban. Los convenios público-privados son una de las formas de poner a instituciones académicas al servicio de las Corporaciones. ¿Ciencia para qué? ¿Ciencia para quién?
Provincias andinas: Territorios sobre los que más han avanzado los proyectos megamineros con efectos conocidos y dramáticos: ríos secos, expulsión de comunidades, represión, persecución y judicialización a quienes protestan o cuidan el territorio, contaminación, aparición y expansión de enfermedades, pérdida de la diversidad de la matriz productiva. Tanto a escala municipal, como en los casos provinciales de Chubut, Jujuy y Mendoza, se han dado levantamientos sociales con diferentes tipos de resultados.
Pueblos originarios: En diferentes territorios del país se alternan la persecución a las comunidades, junto con la expulsión, la degradación en sus condiciones de vida, la contaminación y el racismo. En todos los casos se registra que los derechos humanos y ambientales, son vulnerados permanentemente para garantizar la expansión de proyectos extractivistas y/o el acaparamiento de tierras por sectores concentrados de tanto nacionales como internacionales.
Los ejemplos del ítem anterior explicitan lo que de diferentes modos ya sabemos y hemos repetido: la fragmentación sectorial como estrategia política separa lo que está conectado y unido. En este sentido, más temprano o más tarde, la integración entre sectores es necesaria para encontrar alternativas políticas. Sin embargo, no se trata de hacer nuevas identidades, esto no sería posible o deseable en el contexto actual. De hecho, reemplazar la fragmentación por otra estrategia que exacerbe un abordaje general ocultando las escalas pequeñas y sus problemas territoriales, no haría más que agravar el escenario. ¿Y entonces qué? ¿Qué estoy planteando? Que debemos trabajar sobre los cimientos que supimos conseguir, en la búsqueda colectiva, diversa pero integrada, de otras formas de habitar los territorios y construir comunidad. ¿Cómo hacemos eso?
Empezar por reconocernos es esencial. Se trata de valorar la existencia y el recorrido de ese "otro" sector. La escucha ahí es una herramienta clave. Así como el diálogo de saberes. Por otro lado, generar acuerdos también se presenta como un paso deliberado que debemos dar. Acuerdos vinculados con los derechos humanos, condiciones laborales, acceso a la vivienda, ambientales, identitarios. La mirada que tenemos de un único fragmento nos impide ver todos los otros aspectos involucrados. A su vez, estos acuerdos tienen que entender a las comunidades y a los territorios como un todo. Por ejemplo, es claro que las ciudades no pueden vivir promoviendo el sacrificio de montañas, glaciares, campos y mares, juntos con el de sus comunidades. No es un acuerdo menor en este contexto recordar que no hay bienestar particular sin bienestar común. Avanzar en este sentido significa extender nuestra comprensión del mundo a esquemas diversos, que tienen sus particularidades y que incluso a veces son más generales. Escucharnos y acordar para avanzar colectivamente para expandir y multiplicar lo común, la equidad, el cuidado.
Pero el diálogo entre sectores y territorios, además de acuerdos tendrá asociados disensos. Una construcción política que pondrá en escena profundas contradicciones. Contradicciones de diagnóstico, pero también de objetivos y de características en juego. Por ejemplo, significa en términos de estrategias poder salir de la "defensa" constante y avanzar sobre escenarios de construcción de alternativas. También resulta evidente que la construcción política es un asunto para trabajar en lo que refiere la heterogeneidad, un asunto nada sencillo y con importantes consecuencias. Por ejemplo, es evidente que no resulta equivalente pensar como actor de transformación social a la comunidad o a la clase social. Del mismo modo, el cuidado ambiental y ciertas formas de trabajo tienen tensiones que deben ser reconocidas y trabajadas, tal como el caso de Shell. Se trata de ser capaces no solo de reconocer esas contradicciones sino también de trabajarlas colectivamente. Durante las últimas décadas, la estrategia política de las fragmentaciones sectoriales y los territorios ha ubicado a las contradicciones como grietas insondables cuya sola mención significa su ruptura.
Hoy estamos insertos en un escenario de fragmentos que es preciso revisar y en el que hay que ejercitar, buscar y hasta inventar nuevas prácticas. Animarnos a hacer lo que no hemos hecho o lo hemos hecho poco. Para ello, pongamos en diálogo los fragmentos. No para perderlos, sino para lograr construcciones políticas más afines con la complejidad de la vida. Buscar nuevas formas de encuentro. Multiplicar aristas para que este encuentro sea fructífero. Intentémoslo. Por supuesto nadie afirma que sea una tarea sencilla. Es un camino que involucra tensiones y contradicciones, por eso el cuidado es fundamental, para que no implique necesariamente rupturas. Transformar los fragmentos parciales en una política de vida.