Hay una pregunta que hoy atraviesa espacios muy distintos de la vida colectiva: ¿cómo se construye un "nosotros"? La pregunta aparece en organizaciones políticas y sociales, universidades, sindicatos, proyectos culturales y espacios comunitarios. Este texto propone poner esa dificultad en diálogo con otra que, a primera vista, podría parecer lejana: la relación que construimos con el conocimiento científico. Porque pensar quién produce conocimiento, cómo circula, quién puede apropiárselo y con qué objetivos, también es una forma de preguntarnos qué somos capaces de hacer con otros.
LO COMÚN NO ES PENSAR LO MISMO
Allí donde varias personas intentan decidir o construir algo juntas aparece una tensión difícil de resolver. Al mismo tiempo que se reivindica -y con razón- el derecho a la singularidad, a la participación y a no ser subsumidos de forma automática por la lógica de la representación; sigue siendo necesario producir criterios, decisiones y herramientas colectivas. El obstáculo, quizá, no sea la falta de consenso. Tampoco la supuesta incapacidad contemporánea para organizarse. La dificultad parece estar en otro lugar: cómo transformar pluralidad, diferencias y desacuerdos en capacidad de acción común.
Tal vez parte del desencuentro provenga de imaginar que primero debe existir un "nosotros" y recién después puede comenzar la acción colectiva, como si una comunidad requiriera previamente una identidad homogénea, intereses perfectamente coincidentes o acuerdos suficientemente sólidos. Pero también puede ocurrir a la inversa. No siempre se hacen cosas en común porque previamente exista una comunidad. A veces son precisamente las prácticas compartidas —sostener la militancia universitaria, organizar una clase pública, pensar la gestión de un centro cultural, investigar o resistir el vaciamiento de un equipo de trabajo— las que producen cierto sentido de comunidad.
Pierre Dardot y Christian Laval proponen pensar lo común desde ese desplazamiento: no como algo que poseemos de antemano, sino como algo que se instituye a través de la actividad compartida (Dardot y Laval, 2015). La pertenencia puede ser consecuencia de hacer algo juntos y no necesariamente su condición previa. Lo común, desde esa perspectiva, no tiene por qué ser aquello sobre lo que todos estamos de acuerdo. Puede ser aquello de lo que decidimos hacernos responsables conjuntamente. En contextos donde la fragmentación sectorial y territorial amenaza con consolidarse como una estrategia política de desarticulación (Folguera, 2026), esto permite pensar espacios donde el desacuerdo no sea leído automáticamente como fracaso y donde construir colectivamente no signifique diluir las diferencias en una única voz. Pero también obliga a asumir algo menos cómodo: una comunidad no se sostiene únicamente porque sus integrantes tengan derecho a expresarse. Hace falta transformar esas voces en decisiones, responsabilidades y prácticas. Participar no consiste solamente en poder hablar, también implica hacerse parte de aquello que se construye - y espera construir - con otros.
ALGUIEN SABE, ALGUIEN ESCUCHA
Esta dificultad para pensar la relación entre participación, representación y construcción colectiva puede hallar un correlato menos evidente en otro territorio: nuestra relación con el conocimiento científico.
Durante mucho tiempo, una de las formas predominantes de pensar la comunicación de la ciencia partió de una escena bastante sencilla: de un lado se encuentra quien sabe, del otro; quien no sabe. El conocimiento se produce dentro de universidades, laboratorios o instituciones especializadas y después debe ser traducido para un público que, en principio, se piensa carece de las herramientas necesarias para comprenderlo.
A esta perspectiva se la conoce como modelo de déficit: si existe distancia entre ciencia y sociedad, el problema estaría fundamentalmente en la falta de información. La solución sería explicar más y explicar mejor.
Sin embargo, las discusiones contemporáneas en comunicación pública de la ciencia han cuestionado ese esquema y propuesto pensar la relación entre ciencia y sociedad como una conversación más compleja, en la que los públicos interpretan, discuten y participan (Bucchi y Trench, 2021).
El desplazamiento importa porque la relación que una sociedad establece con el conocimiento no depende únicamente de cuántos datos estén disponibles. Está atravesada por desigualdades educativas, sociales y materiales, por las instituciones en las que se confía -o se ha dejado de confiar-, por experiencias, lenguajes, afectos, identidades y formas culturales de interpretar el mundo. La evidencia importa. El rigor importa. La posibilidad de distinguir una afirmación fundada de una que no lo está también importa. Pero los datos nunca llegan a una superficie vacía.
Por eso, quizá la pregunta no sea solamente cómo hacer para que la ciencia llegue a más personas. También habría que preguntarse qué tipo de vínculo se construye alrededor del conocimiento cuando llega. Y es allí donde divulgación y representación muestran una semejanza llamativa. En sus versiones más verticales, ambas comparten una estructura conocida: alguien habla y muchos reciben. El representante habla por sus representados y el experto habla para su público. En ambos casos, el desafío comienza cuando quienes ocupaban el lugar de meros receptores ya no aceptan que su participación termine allí.
DE PÚBLICOS A COMUNIDADES
Pensar la divulgación como una práctica cultural permite transformar esa relación. La cultura no funciona solamente como un conjunto de contenidos que unas personas producen y otras consumen. También produce lenguajes, sensibilidades, memorias, pertenencias y formas compartidas de interpretar la realidad. Con la ciencia puede ocurrir algo semejante.
Un proyecto de divulgación no construye necesariamente una comunidad porque tenga muchos lectores, seguidores o espectadores. Hay una diferencia entre reunir una audiencia o acumular interacciones en un entorno algorítmico y producir un espacio en el que las personas puedan vincularse activamente con aquello que circula. Una comunidad pregunta, discute, recomienda, cuestiona, comparte, relaciona el conocimiento con otras experiencias y ayuda a ponerlo en movimiento. Esto no significa borrar las diferencias entre conocimiento experto y opinión, ni convertir cualquier afirmación en equivalente a una investigación científica.
Democratizar el conocimiento no exige negar la especialización, exige ampliar las condiciones para que aquello que se produce dentro de espacios especializados pueda ser comprendido, interrogado y apropiado socialmente.
Porque, así como tener acceso a información no es sinónimo de apropiarse del conocimiento; apropiarse tampoco significa convertirse en especialista. Significa poder reconocer que determinado conocimiento afecta la vida propia y de terceros, comprender suficientemente sus implicancias, formular preguntas, discutir prioridades y participar de las decisiones que se toman alrededor de él. Es decir, saber algo no equivale todavía a poder intervenir sobre ello, pero resulta muy difícil intervenir sobre aquello que permanece completamente fuera de nuestro horizonte de comprensión.
En este punto, la divulgación deja de ser solamente una tarea de traducción. Se vuelve una forma de mediación cultural: crea condiciones para que el conocimiento pueda entrar en la conversación social y formar parte de los repertorios con los que una comunidad interpreta problemas, evalúa alternativas y disputa futuros posibles. Construir comunidad alrededor del conocimiento no elimina las asimetrías de saber, pero puede reducir otra asimetría igual de política: la que separa a quienes están en condiciones de intervenir en una discusión de quienes sólo reciben sus consecuencias.
CONOCIMIENTO ES SOBERANÍA
La pregunta por quién puede comprender, discutir y utilizar el conocimiento conduce inevitablemente hacia otra: ¿quién decide qué conocimiento necesitamos?
Cuando se habla de soberanía suelen aparecer territorios, fronteras, recursos naturales, infraestructura o industrias estratégicas. Pero todas esas dimensiones están atravesadas por el conocimiento: ¿Quién estudia nuestros suelos y nuestros mares? ¿Quién conoce nuestras reservas energéticas? ¿Quién desarrolla las tecnologías con las que producimos? ¿Quién investiga nuestras enfermedades? ¿Quién conserva nuestros datos? ¿Quién decide qué problemas merecen convertirse en preguntas de investigación?
La dependencia también se extiende cuando un país carece de capacidades para formular sus propias preguntas, producir conocimiento sobre ellas o decidir qué hacer con sus resultados. Sally Burch utilizó la noción de soberanía cognitiva y tecnológica para pensar justamente este problema en América Latina: la posibilidad de desarrollar conocimientos y capacidades científico-tecnológicas vinculados con necesidades y prioridades propias, frente a relaciones estructurales de dependencia (Burch, 2015).
En un ecosistema mediático y digital atravesado por algoritmos diseñados para capturar la atención y fragmentar el pensamiento, la soberanía cognitiva ya no es solo una discusión macroeconómica o de desarrollo tecnológico estatal; es también una batalla cotidiana por la autonomía psíquica. Frente a la saturación informativa que promueve el consumo pasivo y la reacción inmediata, recuperar la capacidad de decidir sobre qué nos preguntamos, qué investigamos y cómo procesamos colectivamente la realidad es la primera línea de defensa para no ser reducidos a meros flujos de datos (Ruocco, 2025).
Pero la soberanía cognitiva tampoco puede reducirse a la existencia de especialistas o instituciones científicas nacionales. Una sociedad podría contar con investigadores extraordinarios y, al mismo tiempo, encontrarse profundamente desconectada del conocimiento que producen. Podría sostener universidades, laboratorios y organismos científicos sin construir los puentes necesarios para que el resultado de ese trabajo forme parte de la conversación pública.
Allí aparece una paradoja: podemos producir conocimiento propio sin haber logrado todavía apropiarnos colectivamente de él. Por eso, la soberanía cognitiva puede pensarse también como la capacidad de una sociedad para formular preguntas, producir y conservar conocimiento relevante sobre ellas, comprenderlo colectivamente y decidir qué hacer con él.
No se trata de saberlo todo ni de producir todo dentro de las fronteras nacionales. Se trata de poder conocer para poder decidir. Un territorio, en ese sentido, no es únicamente la superficie delimitada en un mapa. También es aquello que sabemos sobre él. Conocerlo implica estudiar sus aguas, sus suelos y su biodiversidad; reconstruir sus memorias; comprender las condiciones de vida de los seres que lo habitan; analizar sus sistemas productivos; investigar enfermedades; registrar transformaciones ambientales; discutir cómo se utilizan sus recursos e imaginar qué futuros son posibles y deseables.
Por ello, defender la ciencia pública no debería significar únicamente defender presupuestos, puestos de trabajo o instituciones, aunque esas luchas sean hoy más urgentes que nunca frente al hostigamiento actual hacia las universidades y el sistema científico-tecnológico nacional. También implica defender las condiciones que permiten que una sociedad produzca conocimiento acerca de sí misma y construir las mediaciones necesarias para que ese conocimiento no permanezca encerrado dentro de una comunidad especializada. Una democracia en la que las decisiones científicas y tecnológicas sólo pueden ser comprendidas por pequeñas minorías expertas es también una democracia con capacidades limitadas para discutir su propio futuro. Conocer colectivamente un territorio es también una condición para decidir cómo queremos habitarlo.
La pregunta inicial vuelve entonces bajo otra forma. ¿Cómo construir un "nosotros" en sociedades atravesadas por diferencias, desigualdades y desconfianza hacia las formas tradicionales de representación? Probablemente no esperando que todos lleguemos a pensar lo mismo ni buscando una voz capaz de representar perfectamente a todas las demás. Quizás haya que construirlo haciendo: generando espacios que permitan transformar las experiencias diversas y subjetivas en capacidades compartidas.
Construir comunidades alrededor del conocimiento vinculado estrechamente a la práctica y el encuentro con el otro es también construir capacidad política. Y quizá allí pueda encontrarse una forma posible de pensar lo común: no como una identidad previa que borra las diferencias, sino como aquello que una sociedad decide conocer, cuidar, discutir y transformar colectivamente.
Defender la ciencia, entonces, no es sólo defender a quienes la producen. Es también defender en las aulas, laboratorios, instituciones y en las calles, el derecho de una sociedad a comprenderse a sí misma y la posibilidad de decidir, desde ese conocimiento compartido, qué futuro quiere construir.
Referencias
- Bucchi, M. y Trench, B. (eds.) (2021). Routledge Handbook of Public Communication of Science and Technology. 3ra ed. Routledge.
- Burch, S. (2015). "Soberanía cognitiva y tecnológica, e integración". América Latina en Movimiento, 507.
- Dardot, P. y Laval, C. (2015). Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Gedisa.
- Folguera, G. (2026). "¿La exacerbación de la fragmentación sectorial y territorial como estrategia política?". Gaceta Clara Zetkin.
- Ruocco, J. (2025). "Soberanía cognitiva: una introducción a la autonomía psíquica". 421.news.