El libro alcanzó una repercusión poco habitual para la literatura académica y, todavía más, para una publicación que aborda su asunto desde la aridez de la economía política; sin embargo, la escritura ensayística de este último trabajo de Cecilia Rikap alivia la lectura profana y amplía su audiencia. Dios nos salve de los papers, hay que recordarlo todo el tiempo.
Un factor clave que, nos parece, echó a rodar el libro deriva de su inscripción polémica: es una respuesta a la fabulosa —por inverosímil— presentación de un proyecto del gobierno de Milei para convertir al país en un polo de inteligencia artificial. De hecho, Rikap dedica la introducción a desmontar los argumentos que lanzó el presidente en una entrevista televisiva.
Brevemente, Rikap plantea tres puntos: 1) no es cierto ni está demostrado —todavía más: está en debate— que la IA desate un aumento de la productividad; 2) no es cierto ni tampoco está demostrado que genere más empleo; por el contrario, la tendencia apunta a la mayor precarización y al desempleo; 3) es cierto que contamos con condiciones para el establecimiento de centros de datos —clima frío en el sur, energía barata—, pero nada de esto comulga con desarrollo alguno, sino más bien con un agravamiento de las condiciones de nuestra dependencia.
Pero en Teoría de la dependencia digital encontramos algo más que una respuesta polémica. Se trata de un ensayo de interpretación del estado del capitalismo monopolista en tiempos de tecnologías digitales e inteligencia artificial. Veamos.
El nombre de la cosa
El libro se inscribe en el debate de la última década en torno a la caracterización de esta etapa del capitalismo dominada por unas pocas corporaciones digitales: capitalismo global de la información (Mosco, 2014), capitalismo de plataformas (Srnicek, 2018), capitalismo tecnofeudal (Durand, 2020; Varoufakis, 2024), para no abundar. Los nombres diferentes suponen interpretaciones diferentes frente a un paisaje que cambia tan aceleradamente, pero en el que se profundizan las tendencias a la monopolización. Basta ver las listas de las principales empresas que cotizan en las bolsas del mundo para descubrir que la mayoría son compañías digitales. O comprender que por las nubes digitales deben pasar los datos producidos globalmente (palabras, imágenes, audios, transacciones comerciales y financieras, movimientos bélicos) y tributar en consecuencia. Esquemáticamente, podríamos decir que el debate se ordena entre dos polos: quienes leen el cambio en orden de continuidad y quienes lo hacen en términos de ruptura. Rikap se anota en el primer grupo. Examinar las transformaciones muy radicales no le impide leer la continuidad de sus procesos de base. Es el capitalismo, al fin de cuentas.
Tecnofeudalismo
En 2020, Cédric Durand, un economista francés, publicó Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital. La "hipótesis tecnofeudal" (16), para Durand, supone la existencia de un "deslizamiento cualitativo" (261) en el capitalismo contemporáneo, que es cada vez más concentrado y monopólico (antes que competitivo), rentístico, depredador o extractivo (antes que productivo). En este tecnofeudalismo, "los grandes servicios digitales son feudos de los que uno no se escapa" (251); esto es, dominan las relaciones de dependencia. Pareciera que su concepto de "tecnofeudalismo" no va más allá de una analogía. Pocos años después, el economista Yanis Varoufakis publicó Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (en la versión inglesa de 2023, el subtítulo es más temerario: What Killed Capitalism). Aquí ya no hay analogía ni deslizamiento cualitativo. Para el economista griego, el capitalismo habría muerto. Afirma que hay una "mutación histórica del capital", una vuelta al feudalismo en el que los grandes señores feudales mutaron en dueños de la nube que exigen su renta por el paso y el uso, no de sus feudos, sino de sus infraestructuras digitales. Rikap adopta otra conceptualización: "monopolios intelectuales", que toma del economista italiano Ugo Pagano (2014). Pero claramente se coloca próxima a la perspectiva de Durand, con quien ha escrito trabajos en conjunto. Los monopolios intelectuales concentran sistemáticamente intangibles sobre la base de una práctica extractivista de datos, de patentes, de investigación producida en las universidades y de los recursos naturales.
Rescates
Un modo de ratificar la continuidad es la recuperación y reapropiación de teorías críticas para razonar el presente. Tal es el caso de la teoría o las teorías de la dependencia que circularon en los años sesenta y setenta en América Latina —para confrontar con las tesis de la modernización y del desarrollo que bajaban del norte imperial. O, dicho a la inversa, con las tesis del subdesarrollo que atribuyen nuestra precariedad a alguna fatalidad colectiva, política o cultural. El otro rescate es el de un libro clave de aquellos años, que ejerció una gran influencia en los estudios de economía política de la comunicación: El capital monopolista, de Paul Baran y Paul Sweezy, un texto fundamental para analizar la existencia de grandes corporaciones monopólicas que dominan el mercado capitalista. Finalmente, la cita de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, para rehilar una historia de extractivismo: de recursos o de datos.
Monopolios intelectuales
Es el concepto clave del libro. Designa a los monopolios que, por un lado, concentran sistemáticamente intangibles sobre la base de una práctica extractivista de datos, de patentes, de investigación producida en las universidades y de los recursos naturales. Por el otro, ejercen un "totalitarismo epistémico" a partir del cual imponen los grandes lineamientos de investigación y, más ampliamente, definen lo que significa el progreso: en qué invertir, qué tecnologías desarrollar, para quiénes. Un gráfico de las nubes digitales nos mostraría cómo un puñado de compañías como AWS (Amazon), Azure (Microsoft) y GCP (Google) dominan todo el mercado digital y cobran su renta a quienes —desde el streaming, pasando por las plataformas de alquiler temporario o de autos, servicios financieros, supermercados, hasta la última app del mercado— almacenen o requieran del procesamiento o análisis de los datos acumulados. A diferencia de los monopolios clásicos, estas corporaciones tienden a mantener sus ventajas tecnológicas en el tiempo. En gran parte, por la maraña de patentes que crean, por las prácticas monopólicas (legales o ilegales) que ejecutan y también por el "efecto de red", que produce mayor crecimiento cuanta más atención o uso captura. Ni las apps ni las más recientes compañías de IA pueden desarrollarse si no se integran a la infraestructura de alguna de las grandes corporaciones.
Soberanía digital popular
"Muchos países tienen medios de comunicación públicos, ¿por qué no pensar en una red social pública internacional, gobernada por ejemplo desde la ONU, por un consorcio que no solo integre a representantes de los Estados miembros sino también de la sociedad civil especializados en libre expresión, sindicatos de prensa, investigadores sin lazos con las gigantes digitales y otros expertos en medios de comunicación?" (228). A la hora de proponer una salida a las sociedades distópicas y posthumanas que nos proponen los monopolios digitales, Rikap recurre al modelo de la propiedad pública que podemos reconocer en otras instituciones (la educación, la salud, los medios de comunicación). A diferencia de otros investigadores, aquí no se postula una salida nacional. Rikap es muy crítica de los proyectos que se conformaron bajo gobiernos considerados progresistas (Lula da Silva, Gabriel Boric) a la hora de pensar en plataformas públicas que, finalmente, debían subordinarse a uno de los pocos monopolios existentes. También advierte sobre los límites de las políticas reguladoras de las corporaciones que actúan "como si fueran Estados de potencias mundiales" (41). En ese sentido, la idea de una infraestructura internacional, planificada y controlada democráticamente constituye una propuesta superadora. Sin embargo, el problema reaparece a una escala mayor: ¿por qué las Naciones Unidas llevarían adelante ese proceso antimonopólico? Una pregunta que nos conduciría, casi fatalmente, a plantear una cuestión todavía más amplia: ¿qué sujeto social impulsaría esta radical transformación? Algo que, a su vez, nos llevaría a interrogarnos sobre qué hacer y por dónde empezar, esto es, sobre la cuestión de la organización y el partido.
Referencias
Durand, Cédric (2020). Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital. San Sebastián: Kaxilda.
Mosco, Vincent (2014). To the Cloud. Big Data in a turbulent world. Boulder: Paradigm Publishers.
Pagano, Ugo (2014). The crisis of intelectual monopoly capitalism. Journal of Economics, 38, 6, p. 1409-1429.
Srnicek, Nick (2018). Capitalismo de plataforma. Bs. As.: Caja Negra.
Varoufakis, Yanis (2024). Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo. Barcelona: Deusto.